¿Podrías tratar de recordar eso?

Por Karl Ove Knausgard.

 

Hoy es miércoles 13 de abril de 2016, faltan 12 minutos para las 11 y acabo de terminar de escribir este libro para vos. En realidad terminé hace alrededor de una hora y fui a buscar a tu hermano a la escuela, que tenía náuseas y estaba tirado en un sillón afuera del aula cuando llegué. Ahora está tirado en el sofá de la otra casa, mirando la tele. Vos estás en el jardín de infantes. Tenés dos años, y lo que te caracteriza es que sos enérgica y alegre, desde el momento en el que te parás en tu cuna y llamás a tu mamá para que vaya a buscarte y alzarte, hasta que te vas a dormir a la noche con una mamadera entre tus manos, sin quejarte nunca.

Hace unos días te despertaste mientras me estaba levantando, eran unos minutos después de las 4am, yo estaba viniendo para acá a escribir. Te levantaste y miraste hacia afuera a la oscuridad de la noche. 

“Papi, ¡la luna!”, gritaste, apuntando. 

Frené y me agaché para ver lo que estabas viendo. 

Ahí colgaba, la luna, brillando en la oscuridad. 

No sé por qué me puse contento, pero tenía que ver con la forma en la que ahora te orientabas en el mundo y hasta podías identificar los cuerpos celestes. Que era tuya, era tu luna. El principio del habla es una cosa tan curiosa que de repente decís oscuro cuando salimos y está oscuro, o estrellas, o, cuando estás sentada en la parte de atrás del auto, que todavía te gusta más que nada en el mundo, gritás ¡CAMIÓN! cuando ves un camión, y al segundo siguiente, PAPI, EL CAMIÓN ESTÁ FRENANDO. 

Pero es tu mamá con la que pasás más tiempo, es a ella a la que llamás cuando algo pasa, ella es la que te reconforta y te da seguridad. Lo que pasó ese verano hace casi tres años, y sus repercusiones, hace ya un tiempo que terminaron. Tu mamá volvió a casa del hospital por última vez esa primavera siguiente, desde entonces está acá, con vos y con nosotres. Escribió dos libros desde ese momento, y un día vos vas a leerlos. Tus hermanes juegan con vos todos los días, te quedás pegada a la pared con los ojos cerrados mientras tus hermanes te buscan, o te persiguen por los cuartos mientras corrés lo más rápido posible, que no es muy rápido para nadie que no seas vos. 

Podés contar hasta quince, pero siempre te saltás el número tres. Sabés de quién es cada cosa de la casa y te gusta nombrar a sus dueñes, sean zapatos o camperas, juguetes o cascos. Tenés un animal de peluche que arrastrás por toda la casa con vos, un oso polar. Te gusta mirar las películas de la Era de Hielo, y la primera palabra que dijiste, además de mamá, fue gracias. Te gusta girar y dar vueltas hasta que te mareás, y te gusta saludar a las personas con la mano, aunque no las conozcas. Te gusta cómo te queda el vestido azul, y después pasás la mano aplanada sobre tu pecho y decís: lindo. 

¿Entendés? 

A veces duele vivir, pero siempre hay algo por lo que vivir. 

¿Podrías tratar de recordar eso?

 

**Collage por Boris Draschoff

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