La muerte de la madre

Poemas, ensayos, cuentos, novelas y relatos que ponen el foco en la muerte de la madre propia. La mayoría incluye el pasaje hasta ahí: enfermedades que se diseminan en sus cuerpos o en sus mentes, procesos de vidas que se van apagando, relaciones que se desconectan. Otros relatan la distancia: madres desaparecidas, madres ausentes, madres que de repente son desconocidas. Pero en todos persiste el equilibrio entre el desgarro y el extrañamiento: la madre objetivada también es una persona, también es una mujer, y eso que se recupera no deja de ser insuficiente para llenar el vacío.

Acá una lista colaborativa que reúne siete historias de muertes de madres en distintos géneros (y algunas más*) . Escriben tres reseñistas de lujo: Macarena Álvarez de Las bellas letras, Emilia Cortina de Lengua de lava y Leandro Pannunzio de Melo Libros.

 

Emilia Cortina reseña:

También esto pasará, de Milena Busquets

Maquetación 1

 

Esta novela de Milena Busquets se sitúa en la zona difusa de la autoficción, a medio camino entre el relato autobiográfico y el ficcional. Hija de la famosa escritora y editora Edith Tusquets, Busquets recrea el dolor de la muerte de su madre desde un lugar desplazado, a través de la figura de un alter ego, Blanca, protagonista del relato. Una mujer de 40 años con dos hijos, dos ex maridos y un amante que, tras perder a su mamá, viaja a la casa de playa de su familia a Cadaqués, en la Costa Brava de España, un lugar cargado de recuerdos.  

Inicialmente, me chocó el tono íntimo, pero también coloquial, fresco e irónico con el que la autora aborda el tema de la muerte. Después, fui cayendo en la cuenta de que, desde esta voz, Busquets logra construir un relato agridulce, que combina el duelo, la ausencia y la nostalgia con el deseo de vivir, el sexo, el reencuentro con sus ex, el calor del sol en la playa. Y así, consigue narrar el dolor desde una mirada propia y viva.  

 

Maniobras de evasión de Pedro Mairal

 

maniobras de evasion

Llegué a este libro hace un par de años por una recomendación, mientras cursaba un taller de lectura y escritura con Selva Almada.  El título de su prólogo, “Quiero escribir pero me sale espuma”, resume el impulso de origen de esta miscelánea de anécdotas, recuerdos, reflexiones cotidianas y ensayos breves, esa espuma del lenguaje que Mairal fue creando y reuniendo de a poco, para nutrir su blog o para publicar en distintas revistas. Lo que pudo escribir mientras no le salía ningún cuento ni novela, ese lado B de la escritura que al final, casi sin querer, terminó conformando un libro.

Entre los muy diversos textos que reúne Maniobras de evasión —que van desde un ensayo sobre las tetas hasta algunas anécdotas bizarras sobre lo que pasa en la trastienda de los congresos de escritura—, encontramos algunos que profundizan en la enfermedad y la muerte de su mamá Ana. No ya la muerte orgánica, sino otro tipo de duelo: “Hace más de seis años que no hace contacto visual, ni dice una palabra, ni se comunica de ninguna forma. Está pero no está. Por eso hablo de ella en pasado. El duelo que uno hace en una situación como esta es raro, lento, gradual y parece infinito. Mamá se fue yendo de a poco, se fue alejando.”  

Ensayos que buscan nombrar la pérdida del lenguaje de su madre como esa niebla que nos envuelve y nos llena la boca, nos anuda la garganta. Pero que también ponen en palabra los veranos en Pinamar, los paseos para juntar piñas en el bosque o para comprarle duraznos y manzanas al vecino, la silueta de Ana recortándose en la luz anaranjada que entra por la ventana. Porque si ya sabemos que escribir es (volver a) construir el mundo, Mairal encuentra en la escritura una vía para recrear un pasado: “Para viajar de vuelta a su lado en el auto, y verla mirarme y reírse, una rubia hermosa en su verano largo, al volante, manejando con las ventanillas bajas, con el pelo suelto al viento.”

 

Leandro Pannunzio reseña:

Aparecida, de Marta Dillon

aparecida

En mi proceso personal de duelo utilicé a la literatura como una de mis principales aliadas ya que conocer historias similares me hacía sentir más acompañado. El saber que otras personas habían pasado por lo mismo, de alguna forma, calmaba mi dolor. A lo largo de todo este camino busqué respuestas en libros sobre muertes de madres, parejas o amigas, pero fue recién cuando me crucé con Aparecida de Marta Dillon que identifiqué una especie de anestesia a mi tristeza. Lo único peor que el fallecimiento de una madre, era la desaparición y todo lo que ello conlleva: el no saber cuáles preguntas son las correctas, la falta de respuestas, la ausencia de la confirmación material que nos da ver el cuerpo que no respira, la duda eterna. La que la autora narra es la búsqueda real del cuerpo de una madre desaparecida. En mi caso, la existencia de esta historia me habilitaba a quitarle dimensión a lo que me había pasado a mí, para empatizar con una posibilidad aún más angustiante. 

Este libro es una verdadera joya que combina la crónica, con la novela y con la poesía de las palabras. Dillon nos invita a ser testigos de la total transformación que sucede a lo largo de la narración y nosotros, más allá de la desazón de toda ausencia, la acompañamos en su viaje tan desolador como valiente y enriquecedor. En su viva voz: “Hija voy a ser siempre, pero si algo intento, justamente, es apropiarme de esos restos. Desprenderme de una vez de ese ínfimo rescoldo sobre el que soplamos insistentes para que arda por fin la llama que podría liberarnos. (..) La ilusión de que siempre hay algo más que saber o que buscar y no querer buscarlo ni preguntar para que no se agote; de eso se trata ser hija cuando tu madre está desaparecida.” (pp. 48).

 

Diario de duelo, de Roland Barthes

diario de duelo

Si la literatura muchas veces nos sirve para no sentirnos solos, en este caso Roland Barthes usa a la escritura como la compañera ideal para convivir con la muerte de su madre. Durante casi dos años ingresa, en un diario personal, los conceptos y sentimientos a través de los cuales su dolorosa pérdida lo transporta. Un libro que, por varios momentos, sirve de adelanto a lo que cualquier persona puede vivir mientras transita un período de duelo. Por ejemplo, cuando dice “Me espanta absolutamente el carácter discontinuo del duelo” (pp. 78), dando a entender algo que todo ser humano que haya pasado por esa situación podrá confirmar: ante la muerte de alguien, la tristeza no aumenta ni disminuye de forma lineal sino que nos interpela en distintos momentos y toma diversas apariencias. 

Lo que para Barthes puede haber sido un espacio de desahogo y reflexión, para lxs lectorxs puede significar una lectura anticipatoria y hasta una guía útil sobre el duelo, a tal punto que el autor propone dos estadíos en los que, al menos yo, me sentí reconocido: “1er duelo: falsa libertad. 2do duelo: libertad desolada, mortal, sin uso digno”.

 

Puede que la muerte mienta, de Natalia Romero

puede que la muerte mienta

Mi primer encuentro con este libro fue por pura casualidad: iba en un taxi y mi acompañante acababa de retirar este poemario de la casa de su autora. Yo no conocía a la escritora ni a su obra, pero un trayecto de menos de 15 minutos en auto fue suficiente para leer algunos de los poemas y no querer soltarlos. Lamentablemente, el libro no me pertenecía. 

Natalia Romero nos lleva a lugares donde más de uno desearía quedarse a vivir: escenas sumergidas en la naturaleza y dominadas por la calidez de los recuerdos que nos mantienen a salvo. Mi poema favorito es uno que se llama Verano: “La parra sigue dando uvas // a fines de febrero // aunque no vengas a arrancarlas // aprovechar las más dulces // tragar las pepitas // echarte al borde del agua // sin nadar. // Para qué vas a quedarte quieta // me dice papá // mientras finge // que olvida la palabra futuro // y por un rato // nadie como vos muere.” Tal vez lo que más me atrajo de este libro haya sido la convivencia entre la sensible belleza de los detalles y la fortaleza de toda lucha, ya sea contra uno mismo o contra una ausencia. Aún cuando la muerte de una madre puede ser de lo más doloroso que exista, escritos como los de la poeta nos hacen creer que no solo puede que la muerte engañe sino que también los miedos pueden ser falsos gigantes. Que ante toda circunstancia y aunque haya amenaza de tormenta, la vida siempre se puede sentir y vivir un poco más.

 

Macarena Álvarez reseña:

Nada se opone a la noche de Delphine De Vigan

nada se opone a la noche

Delphine de Vigan, en un acto de valentía enorme, nos cuenta la vida de su madre: Lucile. Lo que fue su infancia en el París de los 50, su adolescencia, las tragedias que marcaron a su familia, las ganas de salir de ahí, su embarazo a los 18 años, la precariedad de su juventud, el hippismo, los pactos oscuros. 

La primera parte del libro está narrada en tercera persona, la segunda en su voz de hija. Es espeluznante y desgarrador al mismo tiempo. Lucile cría prácticamente en soledad a sus dos hijas como puede, lejos del ideal de madre. Ellas crecen, se mudan mucho, conocen a sus amantesamigosnovios, la escuchan llorar a la noche. Y un día, aún siendo niñas, pasa lo peor: Lucile empieza a desvariar y todo termina mal. Ya no puede cuidar a sus hijas, son ellas las que la tienen que cuidar. Cuando no está internada en el psiquiátrico, está ausente, como adormecida, ofreciéndoles una sombra de sí misma. La ven poco, le temen, hasta que entienden que está enferma y aprenden a tratarla. Hay periodos más dulces que otros pero el desorden que constituye el interior de Lucile está siempre latente, como lo está un secreto familiar que revela sin que nadie le haga caso. Un secreto que explica todo, pero que nadie se anima a creer. Y su vida continúa, ya sea por resignación o por amor a sus hijas. Impulsada por una fuerza desconocida, termina la carrera de asistente social con casi cincuenta años y se dedica, hasta el final, a lidiar con el sufrimiento de los demás porque el propio es inabarcable. Sus hijas crecen, la acompañan en caminatas parisinas, le dan nietos, aceptan su complicado modo de ser hasta que muere, inesperadamente. Es a causa de esa muerte, del momento en que la autora encuentra el cuerpo de su madre sin vida, que el libro se gesta. Y es todo lo duro que puede ser pero es su manera de defenderla y conmemorarla. También es su manera de sanar heridas profundas. Creo que califica como lectura obligatoria. Van a fruncir mucho el ceño y van a llorar, como cada vez que se lee buena literatura. Viva Delphine de Vigan. Y gracias por semejante relato. Esa madre merecía este homenaje.

 

Conjunto vacío, de Verónica Gerber Bicecci

conjunto vacío

Este libro narra de manera escrita y dibujada los días posteriores a una ruptura amorosa. La escritora es artista visual y cierra muchos capítulos con diagramas de Venn/conjuntos que explican su lugar en el mundo y en sus relaciones. Nos cuenta, con una preciosa voz narrativa, el encierro en el departamento de su madre que se torna en un búnker silencioso y aterrador principalmente porque la madre ha desaparecido. Lo curioso/irónico es que su madre es exiliada política y a pesar de que logra arrancar una nueva vida en México en el 76, un día de comienzos del siglo XXI desaparece sin más. Y asi es como la autora queda suspendida en un universo sin tiempo en el que abundan, justamente, las reflexiones acerca del tiempo. También habla de las raíces familiares, los traumas del exilio, los comienzos y finales de las relaciones. Es fácil identificarse con muchos de sus planteos aunque sea medio delirante la forma que tiene de concebirlos y plasmarlos, pero es por eso que la lectura se disfruta mucho. Para cerrar les digo que es realmente bellísimo y de una sensibilidad arrolladora. Dejo una cita brillante: “Sé muy poco o casi nada sobre la muerte. La muerte es otro tipo de ausencia. Desaparecer es parecido, pero la muerte, creo, deja una herida grande (enorme), de golpe, que cierra poco a poco; y la desaparición -al contrario-, hace una herida chiquita, dudosa, que se abre un poco más cada día“. 

 

*Más libros sobre la muerte de la madre:

No he salido de mi noche, de Annie Ernaux

no he salido de mi noche

Annie Ernaux: “Mi madre sufrió la enfermedad de Alzheimer a principios de los años 80. Al final, tuve que ingresarla en una residencia de ancianos. Siempre que volvía de mis visitas, necesitaba escribir sobre ella, sobre su cuerpo, sus palabras, el lugar donde se encontraba. No sabía que aquel periodo me conduciría hacia su muerte, en 1986. Al hacer públicas estas páginas, las revelo tal y como fueron escritas, fruto del estupor y el trastorno que entonces sentía yo. No he querido modificar nada al transcribir aquellos momentos en que me quedaba junto a ella, fuera del tiempo, de todo pensamiento. Había dejado de ser la mujer que había conocido, que velaba por mi vida, y sin embargo, bajo ese rostro inhumano, por su voz, sus gestos, su risa, era mi madre, más que nunca.”

 

Algunas madres también se mueren, de Inés Ulanovsky

algunas madres también se mueren

Algunas madres también se mueren es una frase inspirada en un dicho de Bruno, el hijo de la autora, y también un registro personal de una hija sobre su madre, Marta Merkin, que murió en 2005.

 

Un mar de muerte, recuerdos de un hijo, de David Rieff

un mar de muerte

David Rieff, hijo de la escritora, investigadora, periodista y un largo etcétera Susan Sontag, recuenta en este libro los últimos meses de vida de su madre.

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