Todavía me cuesta nombrarla

Navidad

Por Ansilta Grizas*

 

La mamá de mi amigo Urbano se mató un 24 de diciembre de hace muchos años atrás, éramos adolescentes y siempre me quedó la sensación de que un poco la vida de él empezó esa tarde que su madre murió.

Hacía dos días que había desaparecido, tenía depresión y una diabetes estaba por dejarla ciega. Mi amigo salió con su bicicleta a buscarla. Tenía 13 años.

Subió la cuesta del Ullúm, que tiene 5 kilómetros de pendiente pronunciada con el calor de diciembre de San Juan para encontrarse con el auto de su madre, a medias escondido entre los cerros de arenisca redondeados por la erosión, cerrado, con su madre adentro, muerta. Varias pastillas, una botella de algo y ninguna explicación ni palabra de amor, en su vida nunca más.

Era el 24 en la tarde cuando la noticia nos llegó. Todavía me acuerdo el grito al cielo que pegó su tío, mi vecino, cuando se enteró.

Hay personas a las que la vida se les rompe en un momento preciso y no hay vuelta atrás.

A mi amigo Urbano no le empezó la vida esa tarde, se le rompió la vida en pedazos iguales a los del vidrio que tuvo que romper con piedras para sacar del auto a su madre muerta.

En los años siguientes pasamos algunas navidades juntos, cuando andaba sólo y también cuando, como un vagabundo, andaba con 7 perros que lo seguían por todos lados. Una navidad vino a mi casa, yo estaba con toda mi familia, él estaba sucio y con una mochila, me pidió usar el baño, se lavó un poco, no quiso sentarse a la mesa, sólo pidió un poco de pan que lo mojó en la canilla antes de comer, porque decía que le dolían los dientes y así era mejor.

Otro año se fue solo en bicicleta a un pueblo que quedaba a 300 kilómetros, tardó 5 días y dijo que había días que no recordaba y contó alguna anécdota con ovnis y algo así. Ahí fue cuando entró en una etapa mística y tuvo algo de paz.

Lo último que supe de él es que una navidad también, quemó la casa de su novia. La prendió fuego íntegra, tanto que desapareció. Y a causa de esto es que hoy está preso en un neuropsiquiátrico y sin embargo su novia lo sigue visitando. Cuando la enfermera me contó que la chica seguía viéndolo me reconfortó saber que al menos, al menos, recibía algo de amor.

Por qué será que nos acordamos tanto de los muertos -los de uno- en esta fecha y pensé que a mí la navidad me conmueve por el recuerdo que arrastra, de la niñez y la familia y algún papá Noel disfrazado con cuarenta grados de calor y las bolsas de regalos cayendo del techo de teja de la casa de mi tía. Niños con vestidos largos y moños en el pelo, una banda de primos-hermanos unidos en la ilusión.

Mi abuela siempre repetía que a la familia había que cuidarla, que era un regalo de la vida y así mientras formaba su tribu, sus tres hijas mujeres, sus nueve nietos, sus mesas eternas con tallarines recién amasados y ese lugar preferencial que cada nieto sentía propio. Porque una vez me confesó que ella quería a sus hijas, pero que a sus nietos los quería el doble porque éramos los hijos de esas hijas, algo del amor al cuadrado.

A mi abuela que le encantaba la navidad, prepararnos los regalos, las bombachas rosas para todas sus nietas mujeres, las huevos quimbo, los bomboncitos de arroz inflado, el alfajor, la mesa con los mejores manteles bordados, servilleta, platitos y cubiertos de varias formas y las copas azules y esa mesa que no era otra cosa más que una verdadera muestra de amor ya no está para festejar y todo otro ritual me parece ajeno.

Esta es la primera navidad sin ella y todavía me cuesta nombrarla. Beba. Todo este tiempo fueron muchas primeras veces sin ella, primer cumpleaños, primer bebé en la familia, primera vez que ya no está para siempre nunca más.

Hace poco compré cinco kilos de damascos para hacer dulce y en un momento pensé en llamarla para que me confirmara la receta. Las ganas de hablarle y contarle que compré los damascos, que están en su punto justo y bajaron de precio, que a los niños les encanta y lo comen en el desayuno con galletitas es lo que me hace extrañarla y hasta escuchar el sonido de su voz. Es también la confirmación de que a las personas que uno ama se las extraña en las cosas más simples de la vida.

 

Martes 25 de diciembre. En el grupo de Whatsapp de mi familia dijeron que pasaron muy linda navidad, a pesar de ser la primera, todos juntos como la abuela hubiera querido, que era el mejor regalo que le podíamos hacer, eso de estar juntos.

Encontré un mensajito de ella, de dos años atrás en el que hablábamos del dulce, yo le mandaba la foto de mis frascos y me decía que por el color se me había pasado un poquito de punto pero que seguro estaba rico y un emoji de un corazón.

La extrañé tan fuerte como un dolor en el pecho.

 

 

*Soy Ansilta Grizas, nací en San Juan en 1987. Soy Licenciada en Artes Visuales, trabajé como guionista en publicidad y televisión. Escribo y voy a talleres de escritura. Vivo hace casi diez años en Buenos Aires y tengo dos hijos.

**Imagen maravillosa por Alejandra Arreger.

**** Este texto forma parte de los encuentros de El silencio de las madres.

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