Así podemos seguir un rato más juntos

Un inventario incompleto de mi papá

Por Alejandra Wulff*

 

Mi papá se murió en noviembre del 2017. Le encontraron un tumor en un pulmón, lo operaron y salió bien. Luego le encontraron otro tumor en el hígado. Intentaron una operación. Y no salió. 

Yo estaba embarazada de 6 meses, así que al consuelo esperable de todos mis seres queridos se sumó, en mi caso, un punto extra de empatía por la panza. La gente suponía que lo sufría más. Bien por el contrario, yo sentí que esa panza donde apenas empezaba a sentir los movimientos de mi hija fue un escudo y un abrazo permanente. No estaba sola transitando ese dolor. 

Cuando nació mi hija, Elena, y el maremoto de la maternidad se me vino encima, la extraña serenidad que había tenido en los días de las cirugías, del entierro y de los trámites post mortem se hizo pedazos. Estaba exhausta, me dolían la espalda y las tetas y la cicatriz de la cesárea, tenía una bebé que me demandaba las 24 horas del día (yo sé que esto es un lugar común pero no puedo dejar de decirlo: las 24 horas, con todos sus minutos y sus segundos, una criaturita que no se comunica a través del lenguaje quería estar pegada a mí). Mientras sucedía todo eso, yo tenía una tristeza que iba mutando en incredulidad, angustia, enojo. 

Hubiera estado bien empezar terapia. Pero no tenía ganas. En realidad pensaba que no tenía tiempo, que es siempre la excusa cuando no tengo ganas de hacer terapia. Entonces empecé a hacer dos cosas. Empecé a soñar. Que no es una actividad consciente o voluntaria, claro. Y empecé a escribir, cosa que hace bastante que no hacía. 

Me acuerdo mucho de mis sueños (de todos, por eso dormir poco en mi caso también es penoso porque sueño menos, y es muy divertido soñar). Y, previsiblemente, en este último año y medio he soñado mucho con mi papá. En todos esos sueños los dos sabemos que él está muerto pero, también sabemos, no lo tenemos que decir. Así podemos seguir un rato más juntos. 

Lo extraño. Siento que describirlo es una forma de retenerlo un poco. También de compartirlo con los demás en su maravillosa singularidad. Creo que había en sus limitaciones, sus manías y sus habilidades algo divertido y extravagante, aunque es posible que sienta eso porque era mi papá. 

 

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El marinerito sentado en la falda su mamá es el papá de Alejandra.

 

El lenguaje

Mi papá siempre se sintió muy danés. Se crió en el seno de una de las comunidades danesas más importantes de la Argentina, en Tandil. Sus papás y sus abuelos le hablaban en danés, así que aprendió el lenguaje en los dos idiomas en simultáneo. Su infancia transcurrió en el salón y en la quinta de la colectividad, bailando folke dans, jugando al softball y al bádminton, haciendo manualidades navideñas (a los daneses les gusta mucho la navidad), leyendo sobre Odin, Thor y las valkyrias. También en la iglesia luterana, aunque nunca le interesó demasiado la parte religiosa del asunto. Sólo se enorgullecía de ser protestante cuando le servía para criticar la anticuada iglesia católica apostólica romana, que en una ciudad como Tandil, donde una cruz gigante preside el paisaje desde lo alto de un cerro, era bastante seguido. 

Las claves

Todas las claves de mi viejo estaban en danés. Era su medida de seguridad adicional. Cada tanto nos daba, a mi hermana y a mí (a mi hermano no, porque es muy de perder todo) una copia impresa de todas las claves actualizadas. Cada vez, también, me explicaba la lógica, a pesar de que no hablo danés. Debo decir que ese papelito que nos daba un poco de risa fue de lo más útil cuando se murió.

El mappe

Cuando era chica, todos los sábados cerca del mediodía buscábamos el mappe en casa Bang, un negocio de arreglo de pequeños electrodomésticos atendido por su dueño (el señor Bang). Ese mismo día, Berta Christensen pasaba por casa a buscar el mappe de la semana anterior. Mappe significa maletín en danés, pero esto era más bien una carpeta de tapas duras, color verde agua, donde había varias revistas en danés. No eran revistas que tuvieran un gran valor periodístico, casi al contrario, y llegaban a Tandil con al menos un mes de retraso. La única que recuerdo bien es Hjemmet (que significa “casa”), creo que había dos o tres más. Circulaban entre los miembros de la colectividad que quería practicar el idioma y enterarse de las noticias de la farándula y la familia real danesa, que siempre eran más bien poco escandalosas. Cada familia tenía un mappe durante una semana, y el sábado lo entregaba al siguiente y buscaba su nuevo mappe. Una especie de red social pre internet. Mi papá hacía los crucigramas con lápiz y luego los borraba, en un gesto de civismo, por si alguien luego los quería hacer. Yo a veces miraba las historietas y le pedía a mi papá que me las tradujera. No sé si se perdía algo en la traducción o simplemente eran malas, pero nunca eran muy graciosas. 

Las frases de cortesía

Cuando era chica, pensaba que lo que sucedía en mi casa era, detalle más o menos, lo mismo que lo que sucedía en todas las casas. Supongo que todos los niños piensan eso. Luego salimos al mundo y conocemos otras familias, otras casas, otros mundos. 

Pues bien, en mi casa teníamos algunos rituales lingüísticos. Cuando terminábamos de comer, mi papá se levantaba de la mesa y decía “takk for maden”. Y nosotros, mi mamá, mis hermanos y yo, le respondíamos “du er velkommen”. Todo esto sonaba algo así como “chakfomel”, y luego “velpekom”. Cuando terminaba la merienda era igual pero se decía “takk for kaffen”, que sonaba “chakfocafe”. Ni siquiera estoy segura de que esté usando las traducciones correctas, de tan fonético que era. 

Una vez mi papá merendaba café con leche y pan con queso con su primer nieto, Iñaki. Cuando se levantó dijo “chakfomel”. Iñaki, que estaba muy orgulloso de cómo estaba aprendiendo a hablar, le contestó muy serio “chaupekom”.   

Los artefactos

Papá ahorraba mucho. Tenía una mentalidad muy luterana. Pero, cada tanto, se compraba artefactos que eran como sus juguetes. Un día se compró un intercomunicador para hablar desde la tornería a casa (que están una al lado de la otra, a unos 8 pasos de distancia). Otro día se compró una hidrolavadora. Cuando le pregunté para qué quería la hidrolavadora me contestó “y, para hidrolavar cosas”. 

A falta de mejor categoría: los jabones reciclados

Mi viejo decía de sí mismo que era el primer ecologista. En realidad era un poco acumulador, no tiraba nada porque siempre pensaba que todo le podía servir, aunque no supiera cuándo ni para qué. Quizás también había una memoria de las crisis en esa conducta. 

Durante mucho tiempo, juntaba todos los finales de jabón que sobraban, incluidos los jabones de lavar la ropa, los cocinaba y los ponía a secar al sol en vasitos de yogur sobre la medianera del fondo. De ahí sacaba unos jabones mutantes, bastante fuleros, que usaba para lavarse las manos engrasadas en la pileta del baño del taller. Ahora se me ocurre que me gustaría haber conservado alguno de esos engendros caleidoscópicos de colores.

La música

Mi viejo era tornero. Trabajaba por su cuenta, en un taller que, como su oficio, heredó de su papá. Siempre decía que no le gustaba su trabajo pero creo que era porque necesitaba ponerle una cuota extra de sacrificio a algo que, con claridad, disfrutaba. El taller era bastante distinto a lo que el estereotipo de una tornería indica: estaba ordenado y limpio y todo el día sonaba música clásica o jazz. Uno de los orgullos de su vida era su colección musical: vinilos primero, luego cassettes, luego CDs. Nunca se acostumbró a la música en mp3, pero el día que le mostré cómo funcionaba Spotify entabló con la aplicación una especie de desafío de melómano. Cuando encontramos tres discos de Los estudiantes holandeses, una banda de jazz de la que se conseguía poco material en Argentina, se le pasó la desconfianza. De todos modos, seguía sosteniendo que sus viejos discos se escuchaban mejor.   

El tablero de herramientas

Con las cosas que le interesaban, mi papá era muy neurótico. Le gustaba entender cómo funcionaban, tener los procesos bajo control y los objetos inventariados, clasificados y al alcance. Si bien él se reconocía como tornero, hacía mucho más que manejar tornos. Tenía muchas máquinas que no tengo idea qué hacen: alesadora, fresadora, mortajadora. Tenía una cinta esmeril donde a veces me limaba la punta de los lápices. Tenía una pistola de aire comprimido que, cada tanto, encendía un motor que era como el ruido de fondo del taller. Y tenía muchos materiales y muchas herramientas para las que fabricó un tablero sobre la pared, donde puso un sinnúmero de clavos para que cada herramienta permaneciera en su lugar, sujeta a la pared, esperando el tamaño y la forma justa del tornillo, el clavo o la tuerca que requiriera su intervención.

Mi papá era tornero, pero no creo que ese oficio describa lo que hacía. Su principal tarea era resolver los problemas que le traían sus clientes de maneras más o menos creativas. El procedimiento habitual: se rompía una máquina (desde una cosechadora hasta un tomógrafo, pasando por un auto de turismo carretera) y la pieza era imposible de conseguir en el país o era muy cara, así que mi papá trataba de entender qué se había roto y cómo, estudiaba las piezas y arreglaba la pieza rota o fabricaba una pieza nueva. Por lo que sé y por la cantidad de clientes y pedidos que mi papá tenía de manera constante, sus piezas siempre funcionaban bien. 

El índice zeta

Mi viejo tenía su propio índice de inflación, que medía desde hace como 50 años. No recuerdo la metodología exacta, pero tres o cuatro veces al año relevaba los precios de una especie de canasta que él consideraba básica, y que incluía desde aceros y plásticos industriales hasta jabón en polvo y zapallo, pasando por el diario La Nación. El último ítem era el zapallo, así que lo nombró “índice zapallo”. Luego lo simplificó a “zeta”. 

Las frikadelles 

Mi papá comía poco y bastante mal. Hijo de una generación que, al menos en su juventud todavía no se preocupaba tanto por la salud, podía vivir a pan y queso. Como siempre fue flaco, no encontraba motivo para variar su dieta. 

Su mamá, mi abuela Mariquita (por Vilhelmine Marie), había sido una gran cocinera. Aún hoy las señoras del salón danés me recuerdan sus masitas de manteca. Todavía tenemos sus cuadernos de cocina. Mi mamá, a pesar de su poca autoestima en ese ámbito, cocina muy bien. No al estilo de mis abuelas, Mariquita y su propia madre, mi abuela Adelina, que era famosa por sus tucos con ojitos de aceite. Mi mamá sí es consciente de que la comida puede ser más saludable y tiene la capacidad de hacer que lo bueno sea también muy rico. 

Para tratar de que su marido comiera un poco mejor, mi mamá aprendió varias recetas danesas que incorporamos a nuestras comidas habituales. Una de esas era uno de los platos preferidos de mi papá, y se convirtió también en uno de los míos: las frikadelles, (unas albóndigas chiquitas, que pueden ser de cerdo pero mi mamá prefería hacer de vaca), con mucha salsa blanca con perejil y papa hervida. Es un plato un poco trabajoso porque las albóndigas se fríen una por una, y mi papá era capaz de comerse diez. Así que, cuando me vine a vivir a Buenos Aires, mi mamá sólo las preparaba cuando yo volvía de visita a Tandil. Muchos viernes al mediodía mi papá me iba a buscar a la terminal y, mientras ponía mi bolso en el baúl, me decía sonriendo “¡hoy tu madre nos hizo frikadelles!”. 

Palmaditas en el sillón

El sillón del living de mi casa es incomodísimo. Es un sillón de tres cuerpos, con torneados de madera, respaldo (no muy) acolchado y un almohadón de tela de tapicería por cada cuerpo. El juego lo completan dos sillones individuales, igual de incómodos. Es demasiado bajo, lo apoyabrazos demasiado rectos, los almohadones demasiado duros. 

El lugar de mi papa en el sillón era el extremo izquierdo. El de mi mamá, el derecho. El mío, al medio. Mis hermanos también se sentaban en el sillón, pero hubo un momento en que ya no entrábamos. En todo caso, quizás por ser la menor, quedó claro que ese lugar del medio era para mí. 

Mi papá se sentaba un poco recostado, y dejaba descansar el brazo izquierdo, con el control remoto, en su apoyabrazos, y las piernas en el apoyabrazos de uno de los sillones individuales. Yo me acurrucaba debajo de su brazo derecho, apoyando la cabeza sobre su hombro y apretando las rodillas contra el pecho, echada sobre mi costado izquierdo. Él pasaba su brazo encima mío y me daba palmaditas rítmicas en la cola mientras hacía zapping y mirábamos cosas que no me interesaban para nada en la tele. Cuando me daba sueño apoyaba la cabeza sobre su panza, aunque como era muy flaco no me servía mucho de almohada. En ocasiones, por ese motivo, realizaba un giro de 180 grados y apoyaba la cabeza sobre la panza de mi mamá, que tampoco era mullida pero, si no estaba corrigiendo pruebas o cosiendo alguna cosa, me hacía cosquillas en el pelo.

Los mensajes de los viernes

Durante mucho tiempo mi papá renegó de los celulares. Después, cuando se convenció de que no era un servicio tan caro ni tan malo, se compró un celular, pero renegó otro buen tiempo de los smartphones. Decía que él tenía dedos demasiado toscos para el touchscreen, y que para qué quería internet en el teléfono. Finalmente compró dos celulares pura pantalla, uno para él y uno para mi mamá. 

Todos los viernes, mientras almorzaban, mi viejo nos mandaba un mensaje a cada uno de sus hijos. Primero eran SMS. Luego whatsapp. “En el Plaza con Stella” (mi mamá). “En el Kaiku con Stella e Iñaki” (mi sobrino). Yo siempre le contestaba variantes de buen provecho. Era una linda forma de saber que estábamos ahí. 

 

*Alejandra Wulff. Tandilense y comunicóloga. Un poco danesa. Podría ser de esas profesionales del orden que ahora están de moda, pero lo disfruto demasiado como para convertirlo en una obligación. Bailé toda mi vida, nunca solista. Leí el Ulises de Joyce entero (y un poco me aburrió). Hace casi dos años soy mamá de una niña que se parece peligrosamente a mí cuando era pequeña, karma is a bitch.

** Ilustración maravillosa por Esperanza Bacigalup Vertiz.

***Este relato surgió en el marco de los talleres de escritura Lengua de lava.

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