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Ariana Harwicz por Mariana Olivera: «Escribo para no cometer crímenes»

La escritora uruguaya Mariana Olivera entrevista a la escritora argentina Ariana Harwicz en París para la sección «Dealers»: escritura, maternidad, obsesiones, rutinas, rabia y desesperación. Introducción innecesaria por Bárbara Duhau.

 

Noviembre de 2015. Estoy embarazada de ocho meses. Leo con obsesión todo lo que encuentro sobre la experiencia de convertirse en madre. El mes previo al nacimiento de mi hija devoro Matate, amor, la primera novela de la escritora argentina Ariana Harwicz, publicada en 2012, sobre una madre que después de tener a su hijo enloquece, o no, lo abandona, o no. Me hipnotiza. Sigo con La débil mental, la segunda novela de Harwicz, de 2014. La termino con las contracciones de parto. Su tercera novela, Precoz, nacida el mismo año que mi hija, me acompaña al puerperio. No me acuerdo nada del libro.

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Fast forward al 2018. Siguen las obsesiones, siguen las lecturas. Leo Madrecoco (2015) de Mariana Olivera, un diario sobre los primeros dos años de vida de su entonces único hijo, Vicente. Con la excusa de Vida propia la entrevisto en junio para la sección Dealers

Olivera deja de ser Olivera y se vuelve Mariana, mi amiga. Nos convertimos en hermanas separadas por el río de la plata, nuestres hijes se conocen. Hay amor. Flechazo. 

Mariana se embaraza de nuevo (yo no), y mientras da uno de sus talleres de escritura en una librería de Montevideo encuentra Matate, amor y lo lee de un saque: «La prosa de Ariana se filtró por las grietas de la casa de mis resistencias. Hizo temblar las paredes hasta que se cayeron varios cuadritos, boludeces sin importancia, un diploma de segundo puesto en volleyball local que gané a los ocho y un retrato sentada en un árbol de la escuela, a la misma edad, con una calza de garfield y una sonrisa forzada de dientes nuevos que pretendía sin éxito disimular los problemas». Algo se destraba en su escritura y empieza a hacer pie en su segundo libro, Las vástagas, una oda a las madres y los abandonos.

Corte a 2019. Mariana me cuenta de Ariana, de su hallazgo, yo le cuento del mío. Flechazo dos. Maru Gersberg nos consigue el contacto de Harwicz. Mariana lleva su panza a Europa a hacer un último viaje largo antes de parir y en el tour logra coincidir con Harwicz en París, donde la autora vive intermitentemente desde hace algunos años, y la entrevista.

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Ariana Harwicz y Mariana Olivera, París, febrero de 2019.

Junio de 2019. Mariana pare a su segundo hijo, Amador. Ariana publica su cuarta novela, Degenerado. Semanas después, logramos editar esta entrevista: Ariana por Mariana en Vida propia.

 

Mariana Olivera: ¿Te imaginabas que tu novela Matate, amor iba a tener un valor especial en relación a la maternidad? 

Ariana Harwicz: No, nada más lejos que eso. Cuando la escribí estaba casada, con un bebé de nueve meses y no tenía idea de lo que se estaba escribiendo en ningún lado. No existía el movimiento #MeToo, no existía #NiUnaMenos, no existía esta revolución de finales del siglo XX. Había libros pero tampoco esta cantidad de producción literaria sobre el tema. Es decir, no estaba amparada por nada en absoluto. Ni por la maternidad disidente, ni por la maternidad subversiva, ni por los movimientos que ahora existen en Israel y en EEUU de madres que se arrepienten de haber tenido hijos. No había nada de eso. 

M.O.: ¿Qué te impulsó a escribirla?

A.H.: No dije “voy a tratar de escribir una novela”, no sabía lo que estaba haciendo.  Estaba muy dormida, como deprimida. Sabía que me impulsaba la rabia, el odio y la desesperación. De eso se hizo eco el estilo. Matate, amor salió de la desesperación. Los fragmentos son cortos y el tempo musical de la obra no está intelectualizado, lo marcaban los llantos del bebé. Esos latigazos en el libro están intactos. Toda mi escritura es un río tumultuoso. Cuando escribo no tengo casi momentos de descanso. Y cuando corrijo me doy cuenta de que saco todo lo que puedan ser momentos de tranquilidad. 

M.O.: ¿Cómo creés que se entrecruzan la maternidad y la literatura?

A. H.: La maternidad te atraviesa y te plantea dudas morales. Mientras escribía Matate, amor el bebé era muy chiquito y tenía que huir de él para lanzarme a escribir. Tenía que huir para ir a la escritura que para mí era el mayor acto de libertad. 

En mi caso nunca me propuse contar el lado B de la maternidad. Muchos me decían “Matate, amor es extrema. Es una depresión post parto o una psicosis”. Yo la veo como realismo: esto pasa, esto es lo que es la maternidad. Me acuerdo de ver pinturas de Goya y de Egon Schiele mientras escribía, pinturas que remitían a la maternidad y eran macabras. 

M.O.: ¿Te parece que ser madre le agrega algo al acto creativo de escribir?

A. H.: Como escritora estuvo bueno tener hijos porque me expandió el arco de la experiencia humana. Yo tuve a mi primer hijo porque me pasaba algo intenso y como todavía no había escrito me dije: “¿Qué vértigo mayor puedo vivir?”. Lo tuve buscando esa emoción, pero igual no alcanzó. 

En Matate, amor la protagonista abandona al hijo, en mi vida no lo hice. Entonces lo escribí para no hacerlo, para no cometer el crimen. A mi segundo hijo sí lo tuve como una misión literaria. Sé que hay páginas de mis novelas que podrían haber sido mejoradas si no hubiera sido por el bebé. Él tiene tos y yo arruino mis noches porque él tiene tos. Hay que calmar la tos pero me muero por escribir. Esa tensión también es útil, me sirve para escribir. 

M.O.: ¿Cómo hacés para que tu escritura se integre a tu rutina?

A. H.: Está buenísimo escribir todos los días pero escribir puede ser pensar o leer, escribir puede ser sentarte. Los períodos en los que no escribo nada son más desdichados. La vida me parece mucho más ingrata e infeliz, desaprovechada. Porque vivo todo lo que hace un ser humano cuando vive: tomar un café, viajar, pero no tengo esa doble temporalidad del que escribe. Decir “me pongo a escribir, no voy una mierda al cine o a cenar con amigas”, y todo el tiempo traicionar a la escritura para volver a la vida. Esa suerte de infidelidad con la propia vida es maravillosa. Escribir es aterrador, pero no escribir es peor.

M.O.: ¿No nombrar a tus personajes es una decisión buscada?

A. H.: Me parece excesivo pero no lo puedo evitar. No es programado ni consciente. Es una omisión política por la identidad. Lucrecia Martel dice que toda identidad es una trampa y estoy muy de acuerdo con eso. En Francia hinchan mucho con la identidad y para mí es una gran mentira. Se puede ser todo a la vez: extranjero y local, homosexual y antisemita, escritor y padre, tener varias lenguas, sexualidades, visiones políticas. No hay nada más cruel que querer imponerse una identidad. Cuando me dicen “sos madre” me angustio porque pienso: soy madre y no. Mis personajes juegan con esos roles que se les adjudica en los pueblos: padre, suegro, esposo, amante. Es un poco una caricatura porque son eso y también son todo lo contrario. Me gusta ese extrañamiento de decir “soy madre” o “soy hija” y también no serlo en absoluto. Caminar por la calle y olvidar que soy hija. Olvidarme que tengo una madre. Olvidarme que tengo un hijo. Me pasa y es interesantísimo. Se parece a un reencuentro.

M.O.: ¿Sobre qué dirías que es tu última novela, Degenerado?

A. H.: Se trata de un hombre culpado de un crimen que todo el tiempo piensa en la madre. No me propuse escribir sobre eso pero de un modo perverso termina siendo, no directamente, sobre la maternidad. Es como si el tema me eligiera a mí. Yo no lo puedo evitar. 

 

Ariana Harwicz nació en 1977 en Buenos Aires y vive en Francia desde hace varios años. En 2012 publicó su primera novela, Matate, amor. Después le siguieron La débil mental (2014) y Precoz (2015). Las tres se editaron en varios idiomas y en diferentes partes del mundo. Su cuarta novela, Degenerado, salió publicada en julio de este año por Anagrama. Para uno de sus partos llevó un libro de Nietzsche.

 

***Collage maravilloso por Esperanza Bacigalup Vertiz.

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