Un constante diálogo entre lo leído y lo vivido

El origen del mundo no tiene quien lo escriba, por Laura Freixas*

La experiencia que más ha cambiado mi visión de la literatura fue algo que me sucedió a mediados del año 1993. Y fue que me quedé embarazada. ¿Y qué relación hay, me preguntarán ustedes, entre el embarazo y la literatura? A primera vista, ninguna. Y justamente ese es el problema.

Déjenme que les cuente que siendo, como soy, hija de una familia, especialmente una madre, muy lectora, y habiendo recibido una buena educación literaria en el colegio al que fui, el Liceo Francés de Barcelona, yo estaba acostumbrada a vivir leyendo. A leer antes de vivir, a leer mientras vivía, a leer para entender la experiencia vivida, a vivir para leer y a leer como forma de vida. Y déjenme que les ponga un ejemplo, contándoles cómo la literatura inglesa me sirvió para anticipar, acompañar e interpretar mi experiencia personal de Inglaterra.

Yo estaba acostumbrada a vivir leyendo. A leer antes de vivir, a leer mientras vivía, a leer para entender la experiencia vivida, a vivir para leer y a leer como forma de vida.

Antes de tomar por primera vez un avión a Londres, yo había leído mucha literatura inglesa. Literatura juvenil: la serie Guillermo, de Richmal Crompton, los libros de Enid Blyton, o una novela juvenil cuya autora no recuerdo que transcurría en Cornualles, con acantilados, y mareas, y castillos perdidos en la bruma… Luego, a los dieciséis, diecisiete años, cuando viajé a Inglaterra para aprender inglés, y después, cuando fui profesora de español en las Universidades de Bradford y Southampton en los ochenta, leí mucho más: Jane Austen, Dickens, Jonathan Swift, las hermanas Brontë, Henry James, D. H. Lawrence, Virginia Woolf, Jean Rhys… De modo que ya antes de conocer Inglaterra, yo sabía muchas cosas de Inglaterra. Sabía que era un lugar extraño donde se tomaba el té todas las tardes, acompañado con sándwiches de pepino, los párrocos estaban casados y señoras mayores emprendían furiosas cruzadas contra el maquillaje y la mentira. Sabía que hay allí mansiones solitarias, de oscuro ladrillo, cubiertas de hiedra, sobre fondo de cielo tormentoso y frente a un cementerio, donde se desarrollan pasiones fatales. Sabía que en Inglaterra los caballeros frecuentan clubs con trofeos de caza y chimeneas, donde fuman en pipa, y que seducen a jovencitas coristas diciéndoles: “Por Júpiter, gatita, tus ojos brillan como estrellas”….

Después, cuando conocí Inglaterra y viví en ella, busqué y reconocí muchas cosas que ya sabía por las novelas: sabía que las campanadas del Big Ben son como plomo disolviéndose en el aire, y que en Londres hay un lugar con el insólito nombre de Elefante y Castillo donde una poeta suicida está enterrada. Sabía que en Inglaterra las dueñas de pensiones que montan broncas a sus huéspedes por tomar baños de agua caliente; que las ciudades de provincia parecen todas la misma, todas grises, lluviosas y con los mismos nombres de calles y de pubs: “Princess Street”, “Queen Crescent”, “King’s Arms”, y que los ingleses le echan distraídamente sal y pimienta a cualquier cosa antes de llevársela a la boca porque dan por supuesto (con razón) que no sabrá a nada….

Hasta los treinta y cinco años, mi vida había sido, con toda naturalidad, un constante diálogo entre lo vivido y lo leído. Sobre todas las experiencias que yo había vivido o esperaba vivir, existían grandes novelas. Por eso, con toda naturalidad, cuando me quedé embarazada, busqué las grandes novelas sobre el embarazo. Y para mi gran sorpresa… no encontré ninguna.

Hasta 1993, esto que me sucedió con Inglaterra –este vaivén entre la vida y la literatura- me había pasado también con todo lo demás: con el amor y el sexo; con la crisis de la adolescencia; con la vocación literaria; con la soledad; con la visión de la muerte… Sobre todo eso tenía guías: Primer amor de Turgueniev, Las ilusiones perdidas de Balzac, La educación sentimental de Flaubert, La muerte de Iván Ilich de Tolstoi, Retrato del artista adolescente de Joyce, El oficio de vivir de Pavese… Hasta los treinta y cinco años, mi vida había sido, con toda naturalidad, un constante diálogo entre lo vivido y lo leído. Sobre todas las experiencias que yo había vivido o esperaba vivir, existían grandes novelas. Por eso, con toda naturalidad, cuando me quedé embarazada, busqué las grandes novelas sobre el embarazo. Y para mi gran sorpresa… no encontré ninguna. La literatura me expulsaba. Como viajera, como amante, como ciudadana, como escritora, como joven, como mortal… yo tenía en la literatura mi lugar, mi reflejo. Como futura madre, no. La literatura me expulsaba. Si quería leer sobre el embarazo, tenía que recurrir a libros de autoayuda, o a revistas como Tu bebé o Ser padres. Una subliteratura comercial, que solo hablaba de aspectos prácticos: de biberones, horas de sueño, pañales desechables, ropa premamá, aparatos sacaleches… y que daba por supuesto que la maternidad es una experiencia felicísima, punto. ¿Dónde estaba todo lo que aporta la literatura, la de verdad? Matices, dudas, pensamiento, subjetividad, grandeza, envergadura. Símbolos, trascendencia, reflexión. Trasfondo político, filosófico, ecos de otras formas artísticas… ¿Dónde estaba todo eso? En ningún sitio. No estaba, en esas revistas llenas de colorines, de sonrisas bobas, de consejos, de “trucos”, de “tips”, que me trataban de tú, que usaban diminutivos, y que no sabían hablar más que de flatitos, de potitos, de peditos, de “cómo recuperar una tripita plana”…

La experiencia de por primera vez, no encontrar un reflejo literario a una vivencia, me produjo, aparte de la decepción, un profundo asombro. ¿Cómo podía ser que una experiencia como el embarazo fuera absolutamente ignorada por la literatura.

La experiencia de por primera vez, no encontrar un reflejo literario a una vivencia, me produjo, aparte de la decepción, un profundo asombro. ¿Cómo podía ser que una experiencia como el embarazo: frecuentísima, universal, eterna; una experiencia indispensable para la supervivencia de la especie humana; una experiencia intensísima, crucial, que marca profundamente a quien la vive; una experiencia con aspectos biológicos, económicos, políticos, históricos, y dotada de inmenso potencial simbólico, cómo podía ser que una experiencia semejante fuera absolutamente ignorada por la literatura? ¿Cómo podía ser por ejemplo que en España hoy, cuando ya apenas queda nadie vivo que haya conocido la guerra civil, se sigan publicando todos los años docenas de novelas con la guerra civil como tema o escenario, mientras que cada año 400.000 españolas dan a luz y otras 100.000 abortan, y sobre eso la literatura no dice una palabra? Y no es solo el embarazo propiamente dicho el que brilla por su ausencia en la literatura, española o de cualquier país, hasta donde yo sé. Son todas las experiencias anexas: la decisión de tener o no hijos, el deseo de embarazo, la infertilidad, el embarazo no querido, el aborto, el parto, la maternidad…

De todo esto me di cuenta por primera vez hace más de veinte años, y desde entonces, no he dejado de investigar sobre ello. Mi conclusión, para ser breve (y sé que esto se podría y debería matizar, pero no tengo espacio para hacerlo), mi conclusión, a grandes rasgos, es que la literatura la han hecho básicamente hombres, y relata las experiencias de los hombres: la guerra, las luchas de poder, el erotismo, los viajes y conquistas, la relación padre-hijo… Si en esa literatura aparecen mujeres, lo hacen no tanto como personajes en sí mismos, sino más bien por su relación con un hombre. Si aparecen madres, son vistas con los ojos de sus hijos varones, del mismo modo que las prostitutas, en literatura, son vistas a través de sus clientes, y la niña violada a través de los ojos de su satisfecho violador. Así, la experiencia de las mujeres resulta ser una especie de inmenso iceberg sumergido, del que solo conocemos una pequeña parte: aquellas experiencias que las mujeres comparten con los hombres, y presentadas, además, desde la perspectiva de ellos.

No basta con que unas pocas mujeres accedan a la escritura y a la publicación, si lo hacen dentro de un sistema de valores que considera toda experiencia femenina como de segunda categoría.

No es solo una cuestión cuantitativa de lo que estoy hablando, sino cualitativa (aunque una y otra son caras de una misma moneda). Quiero decir que el problema no está solo en el porcentaje de mujeres y hombres entre quienes escriben (porcentaje todavía hoy muy desequilibrado en favor de los hombres), sino en una jerarquía de valores según la cual ciertos temas son nobles, y dignos de que la literatura y en general la alta cultura, se interese por ellos, como la guerra, mientras que otras cuestiones o vivencias, como la maternidad, son relegadas al ámbito de la baja cultura: los culebrones, los seriales radiofónicos, los libros de autoayuda y las revistas baratas. Por eso no basta con que unas pocas mujeres accedan a la escritura y a la publicación, si lo hacen dentro de un sistema de valores que considera toda experiencia femenina como de segunda categoría. Por eso, sin duda, hasta hace poco casi ninguna escritora se ha aventurado a hacer literatura usando como materia prima experiencias específicamente femeninas: la decisión de ser o no madre, el embarazo, el aborto, la depresión posparto, la maternidad en sus primeros estadios, la relación madre-hija, la vida del ama de casa, o la violación, la prostitución, la violencia machista, la poligamia, o simplemente la sexualidad, narradas, con franqueza, desde un punto de vista femenino.

Me alegra, sin embargo, poder decir que en los últimos decenios, sí empieza a haber una literatura que ilumina, a veces fugazmente y como sin atreverse, otras veces con mayor conciencia y decisión, la parte oscura de lo que he definido como el iceberg de las vivencias femeninas.

Me alegra, sin embargo, poder decir que en los últimos decenios, sí empieza a haber una literatura que ilumina, a veces fugazmente y como sin atreverse, otras veces con mayor conciencia y decisión, la parte oscura de lo que he definido como el iceberg de las vivencias femeninas. Me refiero a autoras como la ya citada Jean Rhys (Viaje a la oscuridad), Caterina Albert (“Víctor Català”) (La infanticida), Doris Lessing (El cuaderno dorado y cuentos), Simone de Beauvoir (Una muerte muy dulce), Sylvia Plath (La campana de cristal y el Diario), Adrienne Rich (Nacemos de mujer), Carmen Martín Gaite (cuentos), Buchi Emecheta (Las delicias de la maternidad), Marilyn French (Mujeres), Annie Ernaux (El acontecimiento), Elfriede Jelinek (Las amantes), Penelope Mortimer (El devorador de calabazas), Edna O’Brien (Chicas felizmente casadas), Marta Sanz (Daniela Astor y la caja negra), Najat El Hachmi (El último patriarca), Melania Mazzucco (Un día perfecto), Lionel Shriver (Tenemos que hablar de Kevin), o Lola López Mondéjar (Mi amor desgraciado), y mi propio Una vida subterránea (diario 1991-1994) por mencionar unas pocas. No sorprenderá el hecho de que estas experiencias de mujeres las hayan escrito, ante todo, mujeres. Pero es de esperar que una vez que el embarazo o la relación madre-hija formen parte del acervo cultural, una vez que adquieran carta de ciudadanía como temas literarios de pleno derecho, haya también escritores varones que las aborden.

Mi embarazo me permitió descubrir que en la literatura hay un vacío: las experiencias de la mitad femenina de la humanidad apenas se hallan representadas en ella, y sin duda sucede lo mismo con las de otros colectivos.

En resumen, mi embarazo me permitió descubrir que en la literatura hay un vacío: las experiencias de la mitad femenina de la humanidad apenas se hallan representadas en ella, y sin duda sucede lo mismo con las de otros colectivos. Por eso, que las mujeres, y otros grupos históricamente desfavorecidos, accedan a la escritura, no es solo un avance democrático, sino un enriquecimiento de la literatura en sí que nos beneficiará a todas y a todos.

 

*EMBARAZO Y LITERATURA. Intervención en el Foro de Fomento de la Lectura de la Fundación Mempo Giardinelli, el 12-8-15, por Laura Freixas. 

**El collage maravilloso es de Alejandra Arregger.

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